(palabras para un poema)
¿Qué resta ahora de ti, padre dulcÃsimo?
A veces pienso que la carne, que la llagada,
la decisiva carne de tus hijos,
cayéndose a pedazos en la carne severa
de sus hijos, deshaciéndose en hilachos
en la carne de los hijos de sus hijos.
Pero hay también imágenes.
Por encima de todo, padre de amor,
hubo palabras: tú me descubriste
las palabras maduras y me obligaste
a conversar con los difuntos,
a escuchar con mis ojos a los muertos.
Al ver el estertor de un moribundo,
creà que la palabra belleza jamás
podÃa nacer de aquellas heridas purulentas.
¿Cómo podÃa el dolor ser un hermano
de la palabra verdad? ¿Por qué,
de aquella masa de sesos palpitantes
podÃan nacer la palabra de dicha,
la palabra bondad? HabÃa que comer
para poder pensar, me lo dijiste
acaso en una noche oscura.
El pensamiento era un hermano,
muy cierto, de la sangre. La palabra
historia carecÃa de sentido si no estaba
junto a la palabra dolor. Y la palabra
guerra tenÃa un sonido llano, de granada
madura, más cierta todavÃa en los aleros
largos de la casa. Otras palabras más,
como muerte y camino, aparecÃan
como una mancha súbita, como el pus
que extraÃas de la herida de un niño.
Entonces no entendÃa, pero tampoco
ahora, es cierto, cómo, por qué,
de qué manera extraña, en una carne
delicada, en una piel delgada y suave
y corruptible, en esta carne hecha
toda para el amor, y dulce y tersa,
en esa carne que deglutÃa y era también
bazo y comida, intestinos y esófago,
¿por qué ahÃ, por qué también ahÃ,
oh dioses, oh miseria, podÃa nacer la palabra
de gracia, por qué la palabra destino?
¿Por qué se hincaba, amarga, la belleza,
reclamando sus fueros? ¿En esa carne
putrefacta y magra, en ese estómago
voraz, sangrante, por qué también ahÃ
caminaba, impune y sucia, la belleza?
¿Qué resta, pues, de ti? ¿Qué fue
de tus primeras ilusiones? ¿En dónde
quedó, olvidada, la palabra poesÃa?
¿En las tardes violentas, en el rÃo
de aguas broncas, en la tierra salvaje,
en las máquinas acidas? En ese valle
decisivo y lento habÃa finalizado
un largo viaje. Encontraste mujer,
hijos, destino, acaso conociste
quién eras, pues, por fin.
Fuiste mi causa, mi raÃz, la libertad,
la gracia. Y me arrojaste afuera
de una cueva. La luz enceguecÃa.
Nocturnas aves mÃas, quizás
mis pensamientos, padre dulcÃsimo,
padre de amor y de congojas,
volaban tristes, gemÃan con un sonido
lúgubre y oscuro. Me empujaste
hacia afuera, destrozaste la roca.
Entonces salà al mundo.
Un pan costaba mucho, el agua
era imposible. Quise volver,
entrar de nuevo en la caverna oscura.
Pero tu mano me cerró el regreso,
con una espada en llamas.
Descubrà la miseria, entré
en la muerte, conocà el hambre
y la tortura, convivà con el miedo,
y otros hombres, mejores que yo,
me ayudaron, y mucho, a comprenderte,
padre de amor, padre dulcÃsimo.
Vivà adentro del estruendo y siempre
habÃa, en mitad de la calle,
una centella súbita, una luz
encendida: sabÃa que ahà estabas,
como el fiel de una balanza, quieto,
vigilando mis sombras. Y buscaba
belleza en tantos gritos, golpeaba
los muros de un aire hostil,
para construir la dicha.
Una vez, y otra vez, contra el muro.
Como contra un muro de fusilamientos.
En el lÃmite último. Frente a una raya
que nadie puede pasar. En el abismo.
Arriesgando la vida. Buscando libertad.
Atravesando aquellas lÃneas de sombra.
En el peligro. En el borde sangriento
de la vida. Comiendo frutas acidas,
de bruces en un rÃo,
sediento de sus aguas.
Gracias a ti, padre amantÃsimo,
náufrago para siempre de mà mismo,
hambriento todavÃa,
vivo de pura sed, muerto de amor,
dolido, sÃ, descuartizado
entre destino e historia.
entre fatiga y trabajos,
entre belleza y dolor.
La lluvia nos unirá sin duda un dÃa.
Hojas que arrastra el aire,
seremos polvo y nada más que polvo,
un sol desnudo, material, de plomo,
cenizas, huesos,
piedras, todo.