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25 poemas aleatorios en video | |
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Tres árboles
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Gabriela Mistral Por Horacio Salinas | |
Tres árboles caÃdos quedaron a la orilla del sendero. El leñador los olvidó, y conversan, apretados de amor, como tres ciegos. El sol de ocaso pone su sangre viva en los hendidos leños ¡y se llevan los vientos la fragancia de su costado abierto!... | |
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Los amantes se encuentran
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Jorge Meretta Por Jorge Meretta | |
La noche se repliega los espejos se evaporan los cuerpos extienden sus fronteras gemelas para encontrarse en la gran confusión del sueño. Nadie darÃa un beso si no se quemara los labios... | |
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A la casa del dÃa
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Jaime Sabines Por Jaime Sabines | |
A la casa del dÃa entran gentes y cosas, yerbas de mal olor, caballos desvelados, aires con música, maniquÃes iguales a muchachas; entramos tú, Tarumba, y yo, Entra la danza. Entra el sol. Un agente de seguros de vida y un Poeta. Un policÃa. Todos vamos a vendernos, Tarumba... | |
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Yo quiero otro paÃs
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Ernesto Cardenal Por Pepe Soriano | |
Debemos hacer aquà un paÃs. Estamos a la entrada de una tierra prometida que emana leche y miel como una mujer. De esta tierra es mi canto, mi poesÃa. Pero todavÃa están las encomiendas y cuando suena la campana en la bolsa de Nueva York... | |
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Recito entonces…
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Raúl Zurita Por Raúl Zurita | |
Recito entonces mi poema militante a toda voz, gritando, mientras el demolido viento de las banderas se agiganta y los cientos de miles de rostros se funden en silencio, escuchando. Pienso que tal vez tú estás entre la multitud escuchando y en verdad llegué a creer que estabas... | |
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SÃncope VI
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Alan Mills Por Alan Mills | |
podrÃa gritar beber de tu sangre que me dejes mamá se está volviendo creo que podrÃa gritar que me dejes mamá beber de tu podrÃa me creo se está volviendo gritar loca que me dejes tu sangre beber mamá se está loca volviendo podrÃa gritar que me dejes beber de tu sangre... | |
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Che
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Humberto Costantini Por DarÃo Grandinetti | |
A lo mejor está debajo de la alfombra. A lo mejor nos mira de adentro del ropero. A lo mejor ese color habano es una seña. A lo mejor ese pez colorado es guerrillero. Yo juro haberlo visto de gato en azoteas. Y yo corriendo por los hilos del teléfono... | |
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Verano
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Eliseo Diego Por Eliseo Diego | |
Ésta es la plenitud, el tiempo entero, el sellado esplendor del mediodÃa. En ráfagas de luz el sol envÃa el oro eterno al aire pasajero. Bien dibujando el árbol, bien ligero el trazo de las hojas en el dÃa. Más honda en cambio y más y más umbrÃa la huella del trabajo en el sendero... | |
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Casa de los monos
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EfraÃn Bartolomé Por EfraÃn Bartolomé | |
Para qué hablar del guayacán que guarda la fatiga o del tambor de cedro donde el hachero toca A qué nombrar la espuma en la boca del rÃo Lacanjá Espejo de las hojas Cuna de los lagartos Fuente de macabiles con ojos asombrados Quizá si transformara en orquÃdea... | |
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No soy nadie… (fragmento)
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Alfredo Fressia Por Alfredo Fressia | |
No soy nadie. Estoy tendido en la cama, finjo leer mientras Alfredo escribe frente a la computadora. Hace casi dos horas que está escribiendo. Se ha ido encorvando con los años y, para ver mejor, o por ansiedad frente al texto, aproxima la cabeza a la pantalla. Hace pensar en un insecto gigantesco... | |
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Puerta del ocotal...
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EfraÃn Bartolomé Por EfraÃn Bartolomé | |
Puerta del ocotal Lugar del Señor Negro Territorios donde Votán reina en la noche y en el dÃa Y hablan las fuentes Oigo una voz desde el fondo del Tiempo: Este es el territorio que di a mi descendencia Y la descendencia: Esculpà fechas y sucesos en la piedra Pulà jadeÃta y turquesas... | |
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No hay puertas
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Olga Orozco Por Olga Orozco | |
Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo, con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su madriguera, con el vértigo de mirar hacia arriba, con tu amor que se enciende de pronto como una lámpara en medio de la noche... | |
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La muerte llega
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Julio Torres Recinos Por Julio Torres Recinos | |
La muerte llega con su mano suave a cerrarle los ojos, a darle palmadas en la espalda al pobre para que se duerma. La muerte llega a aligerar cargas, a apresurar dÃas,a terminar ciertos asuntos, a detener pasos. Llega la muerte y el cuerpo sonrÃe... | |
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Los pobres en la estación de autobuses
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Ledo Ivo Por Ledo Ivo | |
Los pobres viajan. En la estación de autobuses levantan los pescuezos como gansos para mirar los letreros del autobús. Sus miradas son de quien teme perder alguna cosa: la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta que tiene el color del frÃo en un dÃa sin sueños... | |
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No sé por qué piensas tú...
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Nicolás Guillén Por Eliseo Diego | |
No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo, si somos la misma cosa yo, tú. Tú eres pobre, lo soy yo; soy de abajo, lo eres tú; ¿de dónde has sacado tú, soldado, que te odio yo? Me duele que a veces tú te olvides de quién soy yo... | |
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Aquella tarde...
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Juan Ramón Jiménez Por Carmen Feito Maeso y Francisco Portillo | |
Aquella tarde, al decirle que me alejaba del pueblo, me miró triste, muy triste, vagamente sonriendo. Me dijo: ¿Por qué te vas? Le dije: Porque el silencio de estos valles me amortaja como si estuviera muerto. ¿Por qué te vas? He sentido que quiere gritar mi pecho... | |
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Donde nunca jamás se lo imaginan
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Eliseo Diego Por Eliseo Diego | |
Entonces ya es seguro que estás muerto No volveremos otra vez a verte Jugar con el aliento de los hartos Al escribir como al desgano: Che, Sobre el dineroEntre leyendas Viniste brevemente a nuestro dÃa Para después marcharte entre leyendas. Cruzabas en la sombra, rápido... | |
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Colofón de luz
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Nuria Parés Por Nuria Parés | |
He salido a la luz. Estuve mucho tiempo soterrada. Soy como Lázaro. Traigo en mi vieja piel el calofrÃo del minero y del topo cuando salen al sol y al caminar me cae la sombra hecha jirones. Me miro renacer. Vivo. Verdeo, y aunque nadie los ve me están saliendo brotes en los dedos... | |
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Subo al despeñadero...
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EfraÃn Bartolomé Por EfraÃn Bartolomé | |
Subo al despeñadero Me paro en la gran piedra: el amplio valle duerme bajo el esplendor Veo esos hilos de agua esos leves arroyos esos bravos torrentes esos rÃos menores esos rÃos mayúsculos internándose en los huertos de Dios allá donde mi vista llega apenas volando lentamente... | |
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Táctica y estrategia
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Mario Benedetti Por DarÃo Grandinetti y Sandra Ballesteros | |
Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé como, ni sé con qué pretexto pero quedarme en vos. Mi táctica es ser franca... | |
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La tristeza es un don...
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Mario Benedetti Por Héctor Rosales | |
La tristeza es un don / cosecha al paso contrición prometida en otro instante o presagio de sombras y no obstante no es penuria ni abismo ni fracaso si la tristeza es don no es don escaso cuando acude a la noche del amante o se enfrenta a la muerte... | |
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Todo poema es su propio borrador
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Eduardo Lizalde Por Eduardo Lizalde | |
Todo poema es su propio borrador. El poema es sólo un gesto, un gesto que revela lo que no alcanza a expresar. Los poemas de perfectÃsima factura, los más grandes, son exclusivamente un manotazo afortunado. Todo poema es infinito. Todo poema es el génesis... | |
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El hombre imaginario
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Nicanor Parra Por Nicanor Parra | |
El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un rÃo imaginario De los muros que son imaginarios penden antiguos cuadros imaginarios irreparables grietas imaginarias que representan hechos imaginarios ocurridos en mundos imaginarios... | |
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Te quiero a las diez de la mañana
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Jaime Sabines Por Jaime Sabines | |
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del dÃa. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario... | |
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Y ya casi amanece y estás despierta o durmiendo… (ZURITA Poema de amor)
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Raúl Zurita Por Raúl Zurita | |
Y ya casi amanece y estás despierta o durmiendo, pero me llamas entre sueños pensando que quizás he salido. Esa vez ella me habÃa sujetado de las mangas del abrigo reteniéndome y el mayor, tenÃa algo más de dos años, me tomaba de los pantalones y se reÃa... | |
