Vedlo otra vez aquÃ.
De su vieja piel brotan
absurdamente flores
en salvaje melena enmarañadas:
recientes, frescas, olorosas flores
(asà Elvira Gascón lo ha dibujado).
Y de la cueva honda de su boca
a veces una voz terrible sale
clamando; voz oscura
que, inesperadamente traicionada,
al aire se transforma
en un tierno, armonioso,
inexplicable canto.
El león viejo, siempre
caminando sin tregua, solo, acecha
en torno a sÃ, de dÃa;
de noche, cara al cielo.
Errante majestad, centro moviente,
inestable, de un mundo
cambiante como él, sin equilibrio.
Quisiera descansar un poco; tienen
sus fauces la nostalgia
de un enorme bostezo. Pero siente
que una larga mirada lo vigila.
Por eso se revuelve,
se irrita, increpa, llora,
suplica.
Ruge amenazador a las estrellas
clavadas en la rueda de la noche,
buscando al ojo inmóvil entre ellas
—única estrella fija—
sin esperanza de encontrarlo nunca
en ese sinfÃn de astros sin sentido.
Él sabe que está ahÃ. Aguda siente
su mirada punzándole la piel,
mojándole de helada claridad
la florida melena embravecida.
Y escudriña la noche
y cuenta estrellas (antes,
piedras habÃa contado)
e impotente blasfema
por fin para incitar
a Dios a revelarse.
Él no sabe si le lanzarÃa entonces
un zarpazo rabioso
para dejarlo ciego,
o si bajo la lluvia
de su luz se echarÃa
adorándola humilde
a cobijar su sueño ya logrado.
Ya ha caminado mucho el león viejo.
Le ha dado varias vueltas
al mundo, por eriales,
por selvas, por la guerra, por la paz,
por las noches y por dÃas,
sin descubrirlo; orando, sin hacerse
oÃr de Él, sin conmoverlo nunca.
Y ahora vedlo otra vez
pasar junto a nosotros;
nosotros, que sentimos
cómo su voz que clama
en la noche, terrible,
en nuestro pecho queda absurdamente
resonando tan dulce
como la voz de un pájaro o de un niño.