I
Dentro de estos cuatro muros
pretendà ocultar mi dicha:
Pero el fruto, pero el aire
¿cómo me los guardarÃa?
Hora mejor que pospuse,
camino que no elegÃ,
voces que eran para mÃ,
destino que no dispuse;
¡cómo os volvisteis oscuros!
¡qué amargo vuestro sabor
cuando nos encerró mi amor
dentro de estos cuatro muros!
Entre tu aurora y mi ocaso
el Tiempo desaparecÃa
y era nuestra y era mÃa
sangre, labio, vino y vaso.
En perdurar se encapricha
mi sombra junto a tu luz
y bajo negro capuz
pretendà ocultar mi dicha.
Pero el fruto, pero el aire,
pero el Tiempo que no fluya,
pero la presencia tuya
fuerte, joven, dulce, grande;
sangre tuya en vena mÃa,
lazos a instantes maduros,
dentro de estos cuatro muros
¿cómo me los guardarÃa?
                              II
Porque a pesar de todas las pieles de becerro
una camisa es casi tanto como una página
llorar desesperadamente porque ocurrió lo que era de esperar.
Si no tiene remedio,
al principio era el único fin de mi existencia,
las profesiones no son mas que hábitos
y ya nada es posible desde aquella noche apellidada.
No me conoció cuando aparté la máscara de mi rostro
yo no pedÃa más que su rumor
pero me daba su compañÃa.
Se quitaba la noche y la muerte y se morÃa
yo me ahogaba en la alberca de su gimnasia
yo envejecà definitivamente a su lado
y mis ojos se cerraron ante los suyos.
Quise marcar las fechas de su corazón,
pero no sé ruso
y la sábana era una estepa.
                              III
¡Apenas si te reconozco!
Si tu labio en el mÃo es como el mÃo mismo,
si ya tu mano estéril no oprime ni rechaza
y eres como el azogue que da mi propia luz.
¡Ay de mà que amaba tu fuerza
si la fuerza está toda en mi!
¡Ay de mà que esperé la muerte
y que te la dÃ!
De: PoesÃa, 1915-1955